
Imagina despertar y descubrir que tu ciudad —una de las más grandes del mundo— está a solo semanas de quedarse sin agua. En 2024, millones de personas en la Ciudad de México vivieron esa realidad. En toda América Latina y el Caribe, la sequía ya no es una posibilidad lejana; está transformando la manera en que las personas viven, trabajan, gobiernan y planifican su futuro.
Esto no es algo nuevo. Hace siglos, la sequía contribuyó al colapso de las civilizaciones Maya y Tiwanaku, y obligó a los Taínos y a otros pueblos indígenas del Caribe a desplazarse a medida que cambiaban los patrones de lluvia. La historia deja una lección clara: cuando el agua desaparece, las sociedades deben adaptarse. Hoy, con poblaciones más numerosas, economías interconectadas y presiones climáticas aceleradas, los riesgos son aún mayores.
Hoy en día, la sequía es uno de los riesgos climáticos más urgentes para América Latina y el Caribe. En los últimos 25 años, ha afectado a más de 58 millones de personas y ha puesto en riesgo cerca de 80 mil millones de dólares del PIB cada año.
La sequía se desarrolla de manera lenta y silenciosa; sin embargo, la mayoría de las respuestas en la región siguen siendo reactivas: racionamiento de agua, camiones cisterna y medidas temporales de alivio. Estas acciones son esenciales en momentos de crisis, pero no abordan las vulnerabilidades estructurales.
La planificación preventiva es clave. Los sistemas de alerta temprana, la protección financiera, instituciones más sólidas y una gobernanza integrada del agua pueden reducir drásticamente los impactos. Cada dólar invertido en gestión preventiva frente a la sequía puede ahorrar entre dos y diez dólares en pérdidas evitadas. La pregunta no es si la resiliencia vale la pena, sino cuán rápido los países pueden implementar las políticas, instituciones e inversiones adecuadas.
Aun así, persisten muchos desafíos: responsabilidades fragmentadas, normas de asignación desactualizadas, insuficientes sistemas de monitoreo y financiamiento limitado para acciones de largo plazo. A medida que las sequías se vuelven más complejas e interconectadas, la cooperación regional resulta esencial. Los países pueden aprender de las respuestas de otros, compartir datos hidrológicos en tiempo real en cuencas compartidas e intercambiar lecciones prácticas, desde estrategias de gestión de la demanda y reglas de operación de embalses hasta enfoques de financiamiento.