
Al entrar en 2026, la economía mundial muestra una notable resiliencia. Según el Informe sobre la Situación y Perspectivas de la Economía Mundial 2026 de las Naciones Unidas, la producción mundial creció un 2,8% en 2025 y se prevé que el crecimiento disminuya ligeramente a 2,7% este año.
En un período marcado por sobresaltos y cambios en los vientos comerciales, esto no es poca cosa. A pesar del aumento de las fricciones comerciales, la elevada incertidumbre en las políticas y las persistentes tensiones geopolíticas, el comercio internacional ha seguido expandiéndose. Los consumidores siguen gastando, los mercados laborales permanecen en general sólidos y el alivio monetario en las principales economías ha sostenido la actividad económica. Que esta resiliencia se mantenga dependerá menos del crecimiento general que de las decisiones de política que están configurando actualmente las condiciones del comercio, las finanzas y la inversión.
Sin embargo, esta resiliencia es insuficiente para garantizar avances significativos en el desarrollo. Detrás de las cifras generales, hay una economía mundial frágil, desigual y cada vez menos preparada para lograr un crecimiento sostenido e inclusivo. El ritmo de crecimiento económico –bastante por debajo del promedio prepandémico de 3,2%– no es lo suficientemente fuerte para recuperar el terreno perdido durante las sucesivas crisis.
Los avances en inteligencia artificial (IA), infraestructura digital y tecnologías de energía limpia son nuevas y poderosas fuentes de crecimiento, pero los beneficios siguen concentrándose en las economías que cuentan con los recursos y la experiencia para aprovecharlos. Con las políticas adecuadas y la cooperación internacional, la IA, la digitalización y el comercio de servicios también pueden apoyar la diversificación, crear empleos de mayor calidad y ayudar a los países a subir en las cadenas de valor en lugar de seguir dependiendo de los productos básicos.
No obstante, existen motivos para el optimismo cauteloso. Los recientes acuerdos multilaterales –el Compromiso de Sevilla adoptado en la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo (FfD4), los resultados de la Segunda Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social y el Paquete de Belém sobre cambio climático de la COP 30– muestran un renovado impulso hacia la cooperación. Sus metas incluyen reforzar la red mundial de seguridad financiera, ampliar el acceso a financiamiento a largo plazo y bajo costo, y situar el trabajo decente, la equidad y la sostenibilidad ambiental en el centro de la política global. Garantizar que las recientes medidas comerciales no tengan un impacto desproporcionado en los países menos adelantados será fundamental para que este impulso sea inclusivo.
El que estos compromisos se traduzcan en acción definirá la próxima etapa de la economía mundial. La estabilidad, sin resultados tangibles, no será suficiente. La verdadera prueba para 2026 será convertir la resiliencia a corto plazo en avances duraderos, basados en la sostenibilidad, la equidad y las oportunidades compartidas para todos.